COMPROMISO SOCIAL Y MISIÓN CLARETIANA
En el número 46 de las Constituciones de los Misioneros Claretianos, que define la misión de la Congregación, leemos: "Compartiendo las esperanzas y los gozos, las tristezas y las angustias de los hombres, especialmente de los pobres, pretendemos ofrecer una estrecha colaboración a todos los que buscan la transformación del mundo según el designio de Dios" (CC. 46). Se subrayan dos acciones: "compartir" y "colaborar"; se señala un objetivo: "transformación del mundo según el designio de Dios; se indica una perspectiva en la que situarse: "la de los pobres". Es un punto de partida muy importante.
Se me pidió una reflexión que, al final de este encuentro, ayudara a explicitar el fundamento teológico y carismático de nuestro compromiso por la justicia, la paz y la salvaguarda de la creación, al lado de los pobres. Es lo que voy a intentar hacer compartiendo algunos pensamientos. Más que una conferencia va a ser una meditación. Después de tantas conferencias, análisis y propuestas conviene de nuevo entrar en nuestro interior y ver cómo resuenan en nuestro corazón creyente todas esas palabras.
Voy a comenzar con una anécdota. Vuelvo hacia atrás unos veinte años, cuando estaba trabajando como misionero en Japón. Los Claretianos, junto con otras congregaciones religiosas y miembros de otras denominaciones cristianas, teníamos una presencia misionera en una zona marginal de la ciudad de Osaka llamada Kamagasaki. Allí viven en condiciones muy precarias varios miles de personas en su mayoría jornaleros. Mientras pueden encontrar trabajo no tienen especial problema, pero, cuando por motivos diversos, no pueden seguir trabajando se ven arrastrados a unas condiciones de vida verdaderamente inhumanas y muchos de ellos se convierten en habitantes de la calle. La asociación cristiana de Kamagasaki acompañaba a esas personas en la lucha por sus derechos, además de ofrecer respuestas concretas a sus necesidades más inmediatas.
Un seglar, comprometido desde hacía varios años en esa actividad, decidió dejar su trabajo y vender su casa y sus propiedades, para ponerse completamente al servicio de esas personas excluidas. Con lo que obtuvo de la venta compró un local espacioso en el barrio y lo arregló para poder ofrecer cobijo a los sin techo y un punto de referencia a quienes se encontraban en cualquier tipo de problema. Como podéis suponer, el mantener una estructura de este tipo requiere una cierta disponibilidad económica que él pensaba conseguir de la generosidad de otras personas sensibles a la problemática que allí se vivía. Me pidió que le facilitara ir a hablar a la reunión de la Conferencia de Superiores Mayores de las Congregaciones religiosas de Japón, de la que yo formaba parte. Lo hice con mucho gusto y le pedí que preparara un informe para poder presentar su propuesta a los miembros de la Conferencia. Llegó el segundo día de la Conferencia y me entregó su informe para que le diera mi opinión. Quedamos en que lo presentaría al día siguiente.
Le invitaron, pues, a hablar a la Asamblea. Yo lo presenté y comenzó a leer su informe. Se trataba de media página escrita a mano en letras bastante grandes. Lo recuerdo todavía hoy. Decía así: "Yo soy hijo de Dios, tengo un techo para cobijarme por la noche y puedo comer tres veces al día. En Kamagasaki hay muchos hijos de Dios que no tienen un techo bajo el que cobijarse por la noche y que no pueden comer durante todo el día. Si no hago nada, ¿me puedo seguir llamando hijo de Dios?". Añadió que pedía la colaboración de nuestras Congregaciones para poder seguir al servicio de esos hijos de Dios que le interpelaban tan fuertemente. Hubo un silencio total en la Asamblea. Era un de aquellos silencios que manifiestan la sorpresa y confusión que se siente ante preguntas que tocan nuestras conciencias y ante las que el problema no está en encontrar una respuesta teórica o una explicación que convenza, sino en cómo asumir en nuestras propias vidas el interrogante planteado. Nos sentimos un tanto incómodos. Llevábamos ya dos días estudiando la situación de nuestra sociedad y del mundo, metidos en análisis y buscando caminos de acción. Nos sentíamos incluso bien y a gusto en ese ejercicio. Estábamos haciendo algo justo y correcto, necesario. Ahora, sin embargo, nos había llegado una pregunta, hecha con mucha sencillez, pero, al mismo tiempo, con gran fuerza desde el testimonio de una vida totalmente entregada a los excluidos. Nos alertaba sobre la necesidad de dar un paso más y recuperar una dimensión muy importante del trabajo que estábamos haciendo y que corría el peligro de perderse en medio de tantos análisis, proyectos y campañas. La longitud del informe era inversamente proporcional a la importancia del problema planteado. Las pocas palabras del mismo, pronunciadas desde una profunda experiencia de fe y de compromiso por los pequeños y la justicia, llegaron a nuestros corazones con gran poder cuestionante. Nos molestaron, pero nos ayudaron a profundizar la reflexión y a aterrizar el compromiso.
No me opongo, ni muchos menos, a los análisis ni a las planificaciones. Son siempre necesarias. No se puede trabajar a ciegas. Hay que crear redes que hagan eficaz nuestro esfuerzo. Quiero insistir, sin embargo, en esa otra dimensión más existencial que ha de constituir el punto de partida de un verdadero compromiso cristiano -y después veremos que también claretiano- por la justicia y la paz.
Pablo VI, en su encíclica "Populorum progressio", hablaba del estremecimiento que sentía ante el grito angustiado de las personas y pueblos que viven situaciones de injusticia y hacía un llamamiento para que se respondiera al clamor de esos hermanos. Este "estremecimiento" ante la realidad de la injusticia humana es el primer paso para un compromiso serio por la justicia, la paz y la salvaguarda de la creación. Para ello es necesaria la cercanía a los pobres y oprimidos. No hablo de una presencia física continuada, sino de una relación de cercanía que nos haga posible sentir el dolor de la situación de tantas personas. Nuestra sociedad nos está conduciendo a unos grados de insensibilidad muy notables. Estamos informados de todo. Podemos encontrar numerosas comentarios, estudios y análisis sobre acontecimientos y temas. Pero, si no se da una cercanía, si estos sufrimientos no llegan a tener "rostro" para nosotros, todo se queda en una campaña más de recogida de firmas o, a lo más, en la participación en alguna manifestación o plataforma. La aportación cristiana al compromiso por la justicia pide algo más. Y ese "algo más"nace del encuentro con los excluidos y de la iluminación del mismo desde la Palabra de Dios que nos hace sensibles a las dimensiones más profundas de los problemas y nos descubre el verdadero horizonte de una historia fraterna y solidaria.
El Papa Juan Pablo II nos invita en su carta programática para el tercer milenio a una "nueva fantasía de la caridad", que se expresa primeramente en la capacidad de cercanía y solidaridad con los que sufren, condición necesaria para que el gesto de apoyo sea percibido como solidaridad fraterna y no como limosna humillante. Esta nueva fantasía de la caridad se hace también, en el complicado tejido social de nuestra historia, servicio a la cultura, a la política, a la economía, a la familia, para que en todos estos ámbitos sean respetados los derechos de las personas y de los pueblos y se geste una sociedad que responda a los "designios de Dios".
Dirijamos brevemente la mirada a la Palabra de Dios que nos ilumina. La Biblia nos acompaña a una comprensión del Misterio de Dios en el que aparecen unas constantes:
Pero, la Alianza solamente podrá cumplir su objetivo de engendrar la sociedad justa y fraterna del proyecto de Dios, cuando Él mismo cambie el corazón de las personas e inscriba en él la ley del amor. No basta trabajar por el cambio estructural, nuestra aportación va en la línea del "cambio de corazón". A ello apunta el ministerio de los profetas, hombres y mujeres con una profunda experiencia de Dios, quienes, poseídos por ese amor apasionado de Dios por sus hijos, denuncian lo que se opone a la dignidad de éstos y lo que destruye la armonía de la Creación. Ellos llamarán al pueblo a la conversión y a expresar en la vida y en la relación con los demás esa Alianza (cf Is 58,1-10). El mensaje de los profetas es, frecuentemente duro, pero concluye siempre con un anuncio de salvación que abre el corazón a la esperanza y constituye una motivación poderosa para seguir comprometidos en la lucha por la sociedad justa y fraterna. Los profetas son maestros de esperanza. El mensaje de esos infatigables denunciadores de la opresión y promotores del cambio social llega al corazón de la gente porque ha surgido de la cercanía con los que sufren las consecuencias de la injusticia y el afán de poder. Su palabra, eco del dolor de Dios que sufre con el dolor de sus hijos, busca el cambio de los corazones, garantía de un cambio social permanente.
La fidelidad incondicional de Dios, que ellos mismos han ido descubriendo en su propia historia personal y en la meditación de la historia del pueblo, les mantiene firmes en su ministerio, tan frecuentemente acompañado por experiencias de rechazo y persecución, y les llama a ser memoria de la realidad de paz, justicia, fraternidad y armonía que Dios mismo ha puesto como meta de la historia:
En el centro de todo este mensaje está la persona y su comunión con Dios y con sus semejantes. En esa comunión podrá encontrar el ser humano la respuesta a la sed de amor, respeto y justicia que Dios mismo sembró en su corazón. A la base del mensaje está también la conciencia de la necesidad de mantener la armonía de todo el cosmos que el Creador confió al cuidado de la humanidad. El compromiso por la paz, la justicia y la salvaguarda de la creación forma parte de nuestra vocación humana.
Éste es el proyecto de Dios, que se diferencia de otros proyectos políticos o de otro tipo que ponen en el centro su propia ideología y sus propios objetivos y que, por ello, acaban con frecuencia siendo opresores de aquellos a quienes pretenden liberar (nos lo demuestra claramente la historia pasada y nos lo reafirma la realidad actual). Es importante mantenernos firmemente en esta perspectiva centrada en la persona, profundamente enraizada en el proyecto de Dios, para que nuestra aportación a la construcción de un mundo más justo y fraterno sea genuinamente cristiana.
La cercanía es un elemento fundamental. Jesús, la Palabra hecha carne en la historia concreta de nuestra humanidad, es la máxima expresión de la cercanía de Dios. Todo en Jesús nos habla de ese amor del Abbá por sus hijos e hijas. Jesús vino para que éstos "tuvieran vida y la tuvieran en abundancia" (Jn 10,10). Sus acciones y palabras convocan a todos a compartir esta vida en la nueva realidad del Reino: sus obras poderosas, su acogida hacia los excluidos, el anuncio del reinado de Dios que abre nuevos horizontes de esperanza en el corazón de los pobres. Jesús es el Buen Pastor que va en busca de la oveja perdida y "abandonada" de sus pastores y compañeras, que está atrapada en una experiencia lacerante de soledad y exclusión. Jesús nos revela el corazón del Padre que invita a celebrar el retorno del hijo "que estaba muerto y ha vuelto a la vida" (cf. Lc 15,32). Jesús denuncia también y lucha contra aquellas tradiciones y estructuras que no permiten que esa vida sea vivida con dignidad y que desarrolle todas sus capacidades. Las denuncias de Jesús nos indican que el mensajero del Dios de la vida no puede permitir que el ser humano esté permanentemente torturado por experiencias de muerte.
Jesús deja su "nuevo mandamiento" como signo de pertenencia al Reino. En la parábola del capítulo 25 del Evangelio de Mateo, Jesús nos indica cinco elementos fundamentales de los que cada persona es sujeto de derechos: alimento, vivienda, vestido, salud, libertad (cf. Mt 25,35-36). La actitud ante estos "hermanos más pequeños", que son aquellos cuyos derechos no son respetados, será el criterio desde el que será juzgada nuestra vida. Cuando nuestra falta de cercanía nos lleva a vivir despreocupados de esos hermanos, o cuando, a pesar de habernos percatado de su presencia no hacemos nada, no cumplimos con nuestra responsabilidad como seguidores de Jesús y nos excluimos del "banquete de Reino". Es más, si no asumimos en nuestra vida la tarea de hacer que esos derechos sean respetados en la realidad concreta de las personas con quienes compartimos el caminar por la historia, estamos siendo infieles a la vocación que hemos recibido como seres humanos.
Jesús nos pide compromiso. Jesús mismo se comprometió hasta dar la vida para ese proyecto se hiciera realidad. Ahora bien, ese compromiso requiere un cambio de corazón. Habrá que abrir de par en par el corazón al viento impetuoso del Espíritu para que arranque de él nuestras reticencias y nuestro egoísmo, para que silencie nuestros propios planes y estrategias -teñidos frecuentemente de intereses personales más o menos conscientes- y para que encienda en él esa pasión por Dios y por sus hijos (cf. Hech 2,1-14), que se traduce en un compromiso radical por el Reino de Dios y su justicia. Se necesita una fe profunda para seguir creyendo hoy en el Reino, cuando tantos signos de muerte nos acechan. Se necesita una gran confianza en el Abbá para obedecer hoy a las palabras de Jesús que invita a "buscar primero el Reino de Dios y su Justicia" (Mt 6,33). Pero precisamente porque nace de una fe profunda en el Abbá y de una cercanía a sus hijos que sufren, el compromiso social de los cristianos se mantiene firme "a pesar de todo" y no busca solamente un cambio de estructuras, siempre necesario ciertamente, sino un cambio radical de los corazones, que es lo único que puede garantizar el nacimiento de estructuras que no sean, a la postre, opresoras.
Por todo ello, el compromiso social del cristiano es algo más que una "actividad", es una parte fundamental de su experiencia como seguidor de Jesús, de su espiritualidad. "Estar cerca de las personas" y estarlo con el mismo amor con que el Padre les está cercano. Percibir el dolor que supone estar al margen de las corrientes de la vida, de una relación en que se respete la dignidad de cada uno, del intercambio respetuoso que hace crecer y llena de sentido la vida, es algo imprescindible. Allí se situó Jesús. Desde esa perspectiva proclamó Jesús la novedad del Reino. Junto con el estudio y conocimiento de estas situaciones y sus causas, es éste un elemento necesario para un trabajo verdaderamente humanizador. Sin una verdadera cercanía a las personas, el compromiso social no será capaz de comunicar Evangelio y se verá, a lo más, como realización de algunos proyectos sociales concebidos a partir de determinados intereses o presupuestos ideológicos.
Hay que educar en cada uno de nosotros y en nuestros contemporáneos la percepción de la sacralidad de la persona. La economía, las ideologías, los sistemas políticos, las mismas religiones deberían ser instrumentos al servicio de la persona y de la creación de relaciones justas y fraternas entre las personas y los pueblos, entre los seres humanos y la entera creación. Esto es lo que podemos aprender de la praxis de Jesús. El gran pecado es precisamente supeditar la personas a esos instrumentos que se convierten entonces en esclavizantes. Pero, para percibir la sacralidad de las personas, hay que estar cerca de ellas, sobre todo de aquellas cuya dignidad no es respetada a causa de las injusticias de sus semejantes. El compromiso por la paz y la justicia es, para el cristiano, confesión de su fe en el Dios de la vida.
Se ha afirmado que estamos pasando de un era "ideológico-moral" a una era "ético-religiosa". La era que está muriendo creyó que con la propagación de grandes ideas y proyectos estructurales, la realidad iba a ser transformada. No ha sido así. Los acontecimientos lacerantes que siguen marcando este momento histórico que nos toca vivir nos están reclamando que escuchemos nuestro corazón y pongamos todas nuestras capacidades al servicio de la creación de una humanidad auténtica. Ahora bien, este corazón debe ser purificado. La transformación de la sociedad exige estrategias, ciertamente, pero éstas sólo funcionarán cuando surjan de mentes orientadas por un corazón lleno de respeto y amor por las personas. Haber conocido el amor del Dios-Abbá, que se nos ha hecho presente en Jesús, es una gracia muy grande que nos humaniza y nos obliga a asumir la responsabilidad de trabajar por humanizar la historia: hacer realidad el proyecto fraterno y solidario del Padre de todos.
Las palabras de Mons. Clavérie, Obispo de Orán, un mes antes de su asesinato por grupos fanáticos de la GIA islámica de Argelia en 1986, resultan iluminadoras: "La Iglesia cumple su vocación y su misión cuando está presente en los desgarros que crucifican la humanidad... En Argelia estamos sobre una de estas líneas que atraviesan el mundo: Islam/Occidente, Norte/Sur, ricos/pobres. Estamos en nuestro sitio ya que es estando en este lugar donde podemos entrever la luz de la Resurrección. Estamos en Argelia a causa del Mesías crucificado. No tenemos ningún interés que defender, que salvar. No estamos aquí por una perversión masoquista o suicida. No, estamos como a la cabecera de un amigo, de un hermano enfermo, en silencio, cogiéndole la mano y secándole el sudor de su frente... Yo creo que la Iglesia de Jesucristo muere cuando no está suficientemente próxima a la cruz de su Señor... El resto no es más que polvo en los ojos e ilusión mundana. La Iglesia se equivoca y se engaña cuando se sitúa como una potencia en medio de otras, como un movimiento evangélico a gran escala. Puede que ella brille, pero dejará de quemar con la fuerza del amor de Dios. La única razón por la que seguimos en Argelia es por amor y por amor solamente. Una pasión por Jesús nos ha dado el gusto y trazado el camino: no hay amor más grande que dar la vida por los que uno ama"
El gran desafío para los cristianos en su compromiso social consiste, precisamente, en asumir la propia responsabilidad para promover el cambio estructural que necesita nuestro mundo, participando activamente en los múltiples movimientos que existen en torno a la paz, la justicia, etc., sin perder de vista la necesidad del cambio de corazón que lo hace posible y verdaderamente humanizador, para lo cual es necesaria la cercanía al excluido y la comunión con su dolor. El compromiso social se convierte, de este modo, en parte fundamental de la misión evangelizadora de la Iglesia. En ello insistía Pablo VI cuando, en la Evangelii Nuntiandi, explicaba el significado de la evangelización: "Evangelizar significa para la Iglesia llevar la Buena Nueva a todos los ambientes de la humanidad y, con su influjo, transformar desde dentro, renovar a la misma humanidad... Lo mejor sería decir que la Iglesia evangeliza cuando, por la sola fuerza divina del Mensaje que proclama, trata de convertir al mismo tiempo la conciencia personal y colectiva de los hombres, la actividad en la que ellos están comprometidos, su vida y ambiente concretos"
Serán necesarios análisis y estrategias, deberemos participar en redes y colaborar con otros, pero no podremos nunca olvidar lo que debe ser nuestra aportación específica: acompañar a las personas hacia un cambio de corazón, de sus actitudes más profundas. Porque estamos convencidos que solamente así será posible una nueva realidad, más acorde con el Proyecto de Dios. En ello insistía Juan Pablo II cuando, en su encíclica "Sollicitudo rei socialis", se refiere a la necesidad de un análisis de las "causas de orden moral" de las situaciones de injusticia.: "En un documento pastoral como el presente, un análisis limitado únicamente a las causas económicas y políticas del subdesarrollo y con las debidas referencias al llamado superdesarrollo, sería incompleto. Es, pues, necesario individuar las causas de orden moral que, en el plano de la conducta de los hombres, considerados como personas responsables, ponen un freno al desarrollo e impiden su realización plena". Solamente a partir de ahí podremos trabajar por un cambio integral y duradero.
5. Una mirada a Claret
Consideremos, aunque sea brevemente -no puede ser de otro modo en una charla como ésta-, algunos rasgos de la actividad apostólica del P. Claret que nos permiten hablar de su apostolado como de un ministerio profético. Aun sabiendo que su actividad se desarrolló en un contexto social y eclesial muy diverso, nos ayudará a descubrir algunos elementos que deben orientar el compromiso social de una evangelización animada por el carisma claretiano.
Todos conocemos que el texto de Lucas 4,18: "El Espíritu del Señor está sobre mí; Él me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres y proclamar la liberación a los cautivos", orienta, de un modo muy especial, la experiencia espiritual y misionera de Claret. Este pasaje del Evangelio de Lucas, como sabemos muy bien, nos narra la visita de Jesús a la sinagoga de Nazaret y la lectura que, en aquella ocasión, hizo del texto del Capítulo 61 de Isaías. Se trata de un texto bellísimo que resume las características de la profecía del Antiguo Testamento. Al asumir este texto y referirlo a sí mismo, Jesús revela su identidad y manifiesta el sentido de su misión. Con la aplicación a sí mismo de este texto de Isaías, Jesús se sitúa dentro de la tradición profética más genuina de Israel. De un modo similar, podríamos decir que la lectura y apropiación que de este texto (Lc 4,16-20) hace el P. Claret, es lo que nos permite situarlo dentro de la "tradición profética" (Aut 118, 687), aunque él no se defina nunca a sí mismo con esta categoría. Se trata de unas palabras que Claret meditó largamente y cuyo significado descubrió progresivamente a través de las diversas etapas de su vida. Cuando Claret escribe la Autobiografía, a los 55-56 años de edad en un momento de madurez de su vida espiritual y apostólica, experimenta una unión muy especial con Jesús, ungido por el Espíritu para anunciar el Evangelio a los pobres y proclamar el año de gracia. Claret en aquel momento comprende de un modo nuevo que ésta ha sido también su vocación y su misión, que éste ha sido el proyecto de Dios sobre él, para el cual le preparó ya desde su infancia. Todos los episodios de su vida, todo lo que constituye su rica experiencia, encuentran en estas palabras de Jesús una nueva clave de interpretación. Desde ellas cobra una unidad muy fuerte toda su vida y misión y en ellas queda explicitado de un modo especialmente relevante su carisma. Ésta es la vocación y la misión que Claret ha querido compartir con todos sus hijos e hijas. Ésta es la vocación y la misión de todo claretiano. Por ello, la confrontación constante de la praxis pastoral del claretiano con estas palabras del Evangelio es la clave para verificar su fidelidad a la misión que le ha sido confiada. ¿Estamos verdaderamente llevando la Buena Noticia a los pobres y cooperando a la liberación de los oprimidos? ¿Estamos comprometidos en la construcción de un mundo en el que esto sea posible? Ello nos lleva a hacer algunas opciones de fondo en nuestra tarea evangelizadora y a señalar la atención a algunos destinatarios como prioritaria. Es una consecuencia clara de la comprensión que Claret tuvo de la misión confiada a él y a los llamados a compartir su carisma. Ahí encuentra una fuerte motivación el compromiso social del claretiano.
Esta misión la realiza Claret en un contexto social y religioso muy determinado. La lectura que hace del mismo y la consecuencias que saca para orientar su acción nos ayudan a descubrir con mayor claridad aquellos rasgos que han de marcar profundamente la acción evangelizadora del claretiano, también en su dimensión social.
La visión que Claret tiene de la realidad de su tiempo lo podemos descubrir en muchos de sus escritos y, de un modo muy especial, en la abundante correspondencia que conservamos. Aquí voy a traer a colación solamente dos números de la Autobiografía en los que nos describe, transportándola a su época de misionero en Catalunya, la visión de la realidad que tenía en un momento de madurez de su vida después de haber vivido experiencias diversas en Catalunya, Canarias, Cuba y en ese mundo tan especial de la corte de Madrid. Dice textualmente: "Al ver que Dios N. S. sin ningún mérito mío, sino y únicamente por su beneplácito, me llamaba para hacer frente al torrente de corrupción y me escogía para curar de sus dolencias al cuerpo medio muerto y corrompido de la sociedad, pensé que me debía dedicar a estudiar y conocer bien las enfermedades de este cuerpo social. En efecto, lo hice y hallé que todo lo que hay en el mundo es amor a las riquezas, amor a los honores y amor a los goces sensuales. Siempre el género humano ha tenido inclinación a esta triple concupiscencia, pero en el día, la sed de bienes materiales está secando el corazón y las entrañas de las sociedades modernas... He visto ser ésta una época en que el egoísmo ha hecho olvidar los deberes más sagrados que el hombre tiene con sus prójimos y hermanos, ya que todos somos imágenes de Dios, hijos de Dios, redimidos con la sangre de Jesucristo y destinados para el cielo."
¿Cómo intentó Claret responder a los desafíos que descubrió en su análisis? ¿A través de qué actividades y dinamismos expresó su misión profética en ese contexto? El P. Gustavo Alonso afirma que la condición de profeta de Claret radica sobre todo en su forma de vida y, más específicamente, en el servicio de la Palabra que prestó a su pueblo en una concreta coyuntura histórica: la segunda mitad del siglo XIX.
Podríamos distinguir tres rasgos fundamentales que explicitan el profetismo en la acción apostólica del P. Claret y que son iluminadores para nuestra reflexión:
Vemos, pues, cómo en su propio contexto Claret intentó responder con audacia y lucidez a los desafíos que descubrió en su tiempo. No podemos simplemente repetir lo que él hizo. Han cambiado los tiempos. Ha cambiado la conciencia de la Iglesia sobre sí misma y su misión en el mundo. Han surgido nuevos modelos de presencia evangelizadora en el mundo, que saben compartir acciones y proyectos con otros grupos y personas. Pero, no podemos olvidar algunos aspectos fundamentales que continúan hoy siendo válidos y que nos ayudan a asumir las líneas de fuerza del carisma con que hemos sido agraciados. Nos debe seguir preocupando el pueblo, el pueblo pobre y oprimido especialmente. Nos debe seguir preocupando cómo llevar la Palabra a ese pueblo para que encuentre en ella la fuerza que le ayude a ser protagonista de una historia tejida con hilos de justicia y fraternidad. Volvemos a lo que decíamos antes. Lo nuestro no es sólo trabajar por un cambio de estructuras o modelos, a lo que ciertamente hemos de colaborar activamente. Lo nuestro es ayudar a que cambien también los corazones. Y ello nos exige el anuncio de la Palabra y el testimonio de los valores del Reino. Conectamos con lo más nuclear del carisma claretiano.
Finalmente, antes de proponer algunas conclusiones, será bueno considerar cómo se ha expresado el compromiso social en el apostolado congregacional y qué orientaciones se han venido dando para promoverlo y orientarlo. Podríamos distinguir varias épocas con relación a este tema en la historia de la Congregación, pero hay dos que se diferencian con bastante claridad: la vida de la Congregación en la etapa anterior al Concilio Vaticano II y la posterior al mismo. El cambio que supuso el Concilio Vaticano II respecto a la visón de la Iglesia y de su misión tuvo seguramente en este campo una incidencia mayor que en otros.
6.1. Algunos ejemplos de compromiso social
Aunque no se haya expresado explícitamente con este nombre, el compromiso por la justicia y la paz, el empeño por construir una sociedad justa y solidaria ha estado siempre presente en la historia misionera de la Congregación.
Baste recordar, por ejemplo -y me refiero a la etapa pre-conciliar- el trabajo denodado de nuestros misioneros en orden a la promoción social de los pueblos a los que fueron enviados. La historia de las primeras misiones claretianas de África, América Latina y Asia es un excelente testimonio de compromiso social. Podríamos decir que ya en esas primeras misiones claretianas se emprendió una evangelización integral, aunque no se la llamase de este modo. Nuestros hermanos tenían, naturalmente, un concepto de misión distinto al nuestro, pero esto no impidió que intentaran hacer llegar su acción evangelizadora a las distintas dimensiones de la vida de la gente. Incluso no fue infrecuente que tuvieran que defender los intereses de las poblaciones nativas frente al poder colonial. Vivieron cercanos al pueblo y trataron de construir un buen fundamento para el posterior desarrollo del mismo. El servicio a la educación, a la salud, a la promoción de la agricultura, etc. son muestras claras de este empeño. Amaron al pueblo y se interesaron por su lengua, su cultura. De hecho, los primeros estudios serios sobre la cultura de Guinea Ecuatorial (antropología, vegetación, lenguas autóctonas, etc.) son obra de misioneros claretianos. Lo mismo podría decirse respecto a las misiones del Chocó en Colombia, del Darién en Panamá, de São Tomé en África, etc.
El trabajo con los inmigrantes, por ejemplo, en un momento en que no eran objeto de atención por parte de nadie a no ser por aquellos que los explotaban injustamente, marcó el comienzo de algunas de nuestras fundaciones; se les anunció el Evangelio y se les ayudó a mejorar las condiciones de vida. Lo atestiguarían ciertamente miles de mexicanos que vivían en Estados Unidos al inicio del siglo XX, cuando comenzó la presencia claretiana en esa nación, y seguirán afirmándolo muchos emigrantes después en diversas partes del mundo.
La presencia evangelizadora entre el mundo obrero, aunque tímida, supuso la apertura de nuevos caminos de evangelización para algunos claretianos. Otros, a través de la predicación o de la tarea educativa, intentaron trasmitir aquellos valores que son fundamento de una sociedad justa y fraterna, ajustada a los criterios evangélicos. Podríamos seguir el elenco. No hace falta.
No cabe duda, sin embargo, que ha habido también muchas ambigüedades. Unas, quizás, fruto de la mentalidad de la época; otras, fruto de la falta de visión o de una excesiva connivencia por nuestra parte con los poderes constituidos. No podemos negar que, a lo largo de nuestra historia, existen episodios y actitudes que no se ubican en la línea de una opción clara por la defensa de los derechos humanos y de los pueblos, o, por lo menos, en los que los protagonistas se muestran reticentes a tomar postura frente a los poderosos de turno.
En la época posterior el Vaticano II, podemos señalar: las comunidades de inserción, las comisiones de Justicia y paz que comenzaron ya a funcionar de un modo estable en el año 1979 y que se han ido consolidando, los nuevos planteamientos de una evangelización integral en todas las misiones, la denuncia de situaciones de injusticia y de lesión de los derechos humanos, el acompañamiento a los movimientos populares, la participación en campañas y acciones conjuntas con otros grupos que trabajan con esos mismos objetivos... son algunos ejemplos que nos ayudan a entender la amplitud del compromiso. Ciertamente se puede hacer más y mejor. Pero creo que el balance global es positivo.
6.2.Las orientaciones de la Congregación con relación a este tema.
También aquí habrá que distinguir claramente las dos etapas a que me refería en el apartado anterior y que tienen su punto de división en torno al Concilio Vaticano II.
Manteniendo siempre a salvo lo que he dicho sobre el compromiso social en tantos apostolados de la Congregación, en ésta existió un pensamiento más bien tradicional respecto al tema. Lo comenta sucintamente el P. Jesús Álvarez en su libro Misioneros Claretianos II. Transmisión y recepción del carisma claretiano. Dicha actitud era simplemente reflejo de la posición oficial de la Iglesia en ese momento. El P. Martí Alsina, Superior General del 1906 al 1922, urgió repetidamente a los misioneros a ser muy cautelosos en este tema. Sus disposiciones recogían la posición de la Santa Sede, lo establecido en las Constituciones y en el Capítulo General de 1912. Si insiste en el tema sería seguramente porque había claretianos inquietos por el mismo que lo iban integrando en su trabajo ministerial. De hecho, el Capítulo General de 1912 habló de la dificultad de ocuparse de "un asunto tan espinoso y objeto de tantas controversias, como la intervención del sacerdote en las cuestiones sociales". Ahora bien, la dedicación primordial a la predicación itinerante implicaba unas exigencias especiales respecto a este tema que, seguramente, diferían de la orientación que se hubiera podido dar al mismo en actividades apostólicas con mayor estabilidad local. De todos modos, esta posición más bien tradicional marcó el caminar de la Congregación durante muchos años, sobre todo en España donde se encontraban la mayor parte de los miembros del Instituto. En ese mismo tiempo surgían en la Iglesia española algunas iniciativas de pastoral social (la "Acción Social Popular" del P. Palau en Barcelona el año 1907, el sindicato minero independiente fundado en Asturias por el canónigo Maximiliano Arboleya en 1912) que comenzaban a insinuar nuevos caminos a los que nuestra Congregación no se apuntó. Las encíclicas sociales, herederas de aquella "Rerum Novarum" de León XIII (1891) contribuyeron a crear una nueva sensibilidad hacia el tema social en la Iglesia. Con el magisterio de Juan XXIII y la constitución "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano II se consagra esa nueva sensibilidad que se venía fraguando desde hacía tiempo y comienza una nueva época llena de iniciativas audaces en este campo pastoral.
Quiero comentar el camino congregacional en la época posconciliar a través de un breve recorrido por los documentos de los Capítulos Generales del posconcilio, ya que éstos recogen el sentir de la comunidad congregacional y la abren a nuevos horizontes misioneros. El proceso de renovación eclesial y la nueva conciencia evangelizadora que surgió con fuerza tanto en la Iglesia universal como en las iglesias continentales, han sido los puntos de referencia en el camino recorrido por la Congregación durante esos años. El Magisterio y la praxis pastoral de esas iglesias particulares, sobre todo a nivel continental, han ejercido un poderoso influjo en nuestra propia reflexión y en la organización del trabajo de Justicia y Paz dentro de la Congregación. Pensemos muy concretamente en los documento de Medellín, Puebla y Santo Domingo del CELAM; en los documentos de la Federación de Conferencias Episcopales de Asia (FABC), etc.
También es ciertamente importante la nueva conciencia que, a nivel cultural, nace y crece en torno al tema de los derechos humanos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos del año 1948 constituye un punto de referencia obligado para la mayoría de los habitantes de nuestro planeta. A este hecho se ha sumado recientemente una creciente conciencia ecológica por parte de muchas personas, que se ha expresado en diversos documentos como la Carta de la Tierra, etc.
El primer Capítulo del proceso de renovación, el año 1967, hace una afirmación muy importante que será la base de toda la ulterior reflexión congregacional: "Apostolado es toda contribución al Reino de Dios". Haciéndose eco del la Constitución conciliar GAUDIUM ET SPES, el Capítulo afirma "que no hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en nuestro corazón", y que nuestro carisma misionero nos obligará a esforzarnos "a dar cristiana solución a todos los problemas de nuestros hermanos los hombres (cf AG 10)". Pero es en el número 35 del decreto sobre el Apostolado donde se encuentra la referencia más clara a nuestro tema: "Debemos abordar apostólicamente el campo actualísimo de lo social: tanto en la orientación del pensamiento y formación de conciencias como en la reforma decidida de nuestro propio testimonio; tanto en los criterios con que aceptemos las fundaciones y ministerios como en el modo de llevarlos a cabo, para realizar la obra de justicia bajo la inspiración de la caridad" (GS 72; cf. Populorum Progressio).
Es todavía más claro el Capítulo de 1973, que, en el decreto sobre el apostolado, comienza con un análisis de la realidad -necesariamente breve, como sucederá siempre en ese tipo de documentos- al plantear las líneas fundamentales del proyecto apostólico de la Congregación. Se habla claramente del desafío que supone la proclamación del Evangelio en medio de "estructuras injustas y sistemas alienantes". En la parte programática se ofrecen criterios de acción que subrayan la necesidad de denuncia de todo aquello que lesiona la dignidad de los hijos de Dios. Se invita a asumir las líneas pastorales de una evangelización liberadora y se insiste en la capacidad de provocar el cambio social que conlleva la proclamación del Evangelio. Estamos de nuevo en la línea del "cambio de corazón".
El Capítulo de 1979 presenta una novedad respecto a los anteriores. La Congregación se da un proyecto misionero, que abarca, global y articuladamente, todos los aspectos de la vida misionera: la espiritualidad, la comunidad, la formación, el apostolado, la economía y el gobierno. El documento "LA MISIÓN DEL CLARETIANO HOY" (voy a usar la abreviatura MCH) , después de analizar la realidad del mundo y de presentar una relectura del carisma misionero claretiano dentro de la nueva conciencia evangelizadora de la Iglesia, explicita unas opciones misioneras que deben marcar indeleblemente todas las acciones apostólicas de la Congregación. No se habla ya de estructuras pastorales, sino de opciones de fondo y de destinatarios preferenciales. Las opciones deberán informar cualquier obra y ser criterio de su "claretianidad"; y las obras deberán responder a los destinatarios preferenciales, que habrá que concretar en cada lugar y circunstancia. El tema de Justicia y Paz está ya muy presente, aunque no se use excesivamente la expresión.
El punto de partida de la MCH es importante: la Congregación se deja cuestionar profundamente por la situación del mundo, sobre todo por la situación de las personas (MCH 4). Los puntos que se aportan en el análisis de la realidad nos hablan de una gran sensibilidad social y nos demuestran una ubicación congregacional clara entre los que sufren las consecuencias de un orden injusto. En este sentido el compromiso por adecuar este orden a las exigencias del Evangelio estará presente, aunque sea implícitamente, en todo el documento. Se nota ya la preocupación ecológica como preocupación de justicia y como un aspecto a tener presente en la tarea evangelizadora (MCH 13). En uno de los títulos de la parte analítica del documento se recoge muy bien el tema que nos ocupa: "El difícil quehacer de la convivencia en justicia y paz" (MCH 17)
Se afirma con toda claridad que la iglesia "toma partido por quienes sufren marginación u opresión y se pone al servicio de la humanidad que aspira a una convivencia más justa y ordenada". Me parece importante subrayar este aspecto porque, con demasiada frecuencia, con el recurso a una pretendida "neutralidad", parece que nos quisiéramos eximir de tomar la responsabilidad que nos corresponde como seguidores de Jesús en radicalidad. Al mismo tiempo, esta afirmación descalifica a quienes optan por modelos sociales, políticos o económicos que no favorecen a aquellos por quienes la iglesia ha tomado partido. En el número 25 se insiste: "Estas implicaciones entre justicia y evangelización nos afectan como claretianos, de modo que no podemos permanecer indiferentes ante situaciones que contradicen el plan del Creador, la filiación divina y la fraternidad humana. Como religiosos, no podemos desoír el clamor de los pobres, ni olvidar a la justicia que ha de ser un elemento interior a la práctica de la pobreza consagrada". (MCH 25).
En el número 100, el documento resume la reflexión de la iglesia sobre este particular, asumiéndola como punto de referencia obligado para re-interpretar en este momento histórico nuestro carisma evangelizador. El número acaba recogiendo la palabras de la introducción del Sínodo de 1971 sobre la Justicia, que son de una claridad meridiana: "La acción en favor de la justicia y la participación en la transformación del mundo se nos presenta claramente como una dimensión constitutiva de la predicación el Evangelio, es decir, de la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva". Es éste un campo donde los laicos tienen una misión muy específica que habrá que respetar y apoyar (cf MCH 115).
Más tarde, al hablar de las características de nuestro seguimiento de Jesús en una comunidad evangelizada y evangelizadora, se van leyendo la consagración, la comunidad y los votos también en clave social. Me parece un aspecto a tener en cuenta y que merecería una meditación más profunda por nuestra parte (cf MCH 149).
La explicitación de las opciones de misión constituye la parte nuclear del documento, porque da forma programática a la reflexión expuesta en el mismo. Entre ellas, la opción por una evangelización profética y liberadora se sitúa caramente en esta línea. Se habla de "llevar la luz del Evangelio con todo su contenido de denuncia y de anuncio salvador"; de "aceptar los riesgos" que comporta una opción de esta índole; de nuestro compromiso por "solidarizarnos" con la angustias y las luchas de aquellos a quienes hemos sido enviados; de nuestro propósito de "trabajar para acabar con la injusticia" (cf MCH 169-172). La opción por una evangelización desde la perspectiva de los pobres y necesitados nos orienta igualmente hacia una acción decidida por la Justicia y la Paz. La situación de los pobres y oprimidos nos da la perspectiva desde la cual proclamar el mensaje y el punto de referencia para conformar nuestra vida y programar nuestra acción pastoral. (cf MCH 173-176). La cercanía a los excluidos es, pues, un elemento fundamental en nuestro compromiso social.
El Capítulo de 1985 retoma la temática de la renovación posconciliar y, en particular de la MCH, y plantea la necesidad de asumir personalmente el proceso que está viviendo la Congregación. Invita, asimismo, a mejorar los análisis que están a la base de nuestros proyectos pastorales. Aparece con fuerza el tema de las comunidades de inserción: "Cada Organismo, sobre todo los ubicados en el tercer mundo, plasme en realizaciones concretas nuestra opción misionera por los pobres, creando en el futuro un mayor número de comunidades insertas entre ellos, que compartan realmente su situación y los acompañen en sus esfuerzos de promoción y liberación, haciendo que cada claretiano actúe desde la perspectiva de los pobres y sea un abogado creíble de su causa" (CPR 80). Y a los claretianos que trabajan en el primer mundo les dice que den un nuevo rostro a su ser misionero frente "al mundo de la marginación y de la droga y en solidaridad con los movimientos de defensa de la vida, de los derechos humanos, de la paz". El Capítulo llama a potenciar nuestra presencia en Asia y África, y añade: "en aquellos países donde el pueblo sufra regímenes totalitarios seremos testigos del Dios vivo y liberador" (CPR 82)
El Capítulo de 1991, en el documento Servidores de la Palabra, hace un llamamiento a hacer de la Palabra de Dios el verdadero centro y motor de nuestra espiritualidad, de nuestra comunidad y de nuestra acción evangelizadora. La Palabra de Dios debe iluminar nuestra visión de la realidad y guiarnos en nuestras opciones y actividades. Son múltiples las orientaciones que ofrece, insistiendo siempre en la necesidad de la cercanía a los pobres y excluidos y de acompañarlos en su lucha por la liberación. El Capítulo comprende que la expresión del compromiso social debe tener sus acentos particulares según las situaciones de los diversos continentes. Después del Capítulo se inicia en la Congregación el Proyecto Palabra-Misión cuyo objetivo es acompañar a los claretianos a través de una lectura de la Palabra, realizada en clave misionera. Estoy convencido que el proyecto Palabra-Misión, sobre todo desde sus claves situacional y existencial, ha servido para crear una mentalidad que ha dispuesto a muchos claretianos a asumir el compromiso por la Justicia y la Paz en sus vidas y en sus ministerios. Hemos sido preparados para el compromiso social por el contacto con la Palabra, leída desde la clave de los pobres y excluidos, más que por otras campañas, programas, cursillos o publicaciones. Es un elemento importante porque facilita abordar el tema del trabajo por la Justicia, la Paz y la Salvaguarda de la Creación desde la perspectiva que le es propia dentro de un trabajo evangelizador.
Finalmente, el último Capítulo General de 1997 quiere ayudar a situar a la Congregación en "misión profética", para que, a través del testimonio de vida personal y comunitario de los Claretianos y del trabajo ministerial, podamos anunciar "el nuevo cielo y la nueva tierra" por los que la humanidad suspira y contribuir a que se vayan haciendo realidad en nuestra historia. El documento capitular da orientaciones prácticas para dar al compromiso social de la Congregación una estructura de animación más operativa (se habla de potenciar el Secretariado General de Justicia y Paz), de participar activamente en movimientos que, en la iglesia y en la sociedad civil, se esfuerzan por crear un mundo más fraterno y solidario (se habla concretamente de sumarse al movimiento por la cancelación de la deuda externa de los países pobres), de integrar en esa área la preocupación ecológica. Se insiste nuevamente en la necesidad de estar cercanos a los excluidos y de acompañarles en sus esfuerzos por crear unas condiciones de vida más de acuerdo con la dignidad humana. Nuevamente, se afirma la necesidad de diferenciar el compromiso social en los distintos continentes de acuerdo a las necesidades descubiertas en el análisis de la situación en que se encuentran.
Creo que es importante mencionar que también otros grupos nacidos del carisma misionero de San Antonio María Claret (Misioneras Claretianas, Seglares Claretianos, Filiación Cordimariana y otras ramas de la Familia claretiana) han ido integrando con fuerza esta dimensión en su vida y en su actividad apostólica Los Seglares Claretianos, por ejemplo, en sus dos últimas Asambleas Generales han reflexionado sobre como ser en el mundo de hoy una "Comunidad de contraste" (Asamblea General celebrada en Campinas -Brasil-, 1995) o una "Comunidad de contraste en misión profética" (Asamblea General celebrada en Santo Domingo,1999).
Como decía, todos estos documentos son importantes porque reflejan el modo de pensar de nuestra comunidad y constituyen los criterios que guían las planificaciones comunitarias y pastorales. Queda mucho camino por recorrer y muchas iniciativas por consolidar. Lo que sí queda claro es que el compromiso social debe encontrar en ellas una expresión concreta.
Quiero concluir compartiendo algunos puntos que me parecen importantes mirando al futuro ya que se trata de unas características fundamentales que deberían estar siempre presentes inspirando el compromiso social de los Claretianos. Las voy únicamente a insinuar. La reflexión constante sobre las situaciones del mundo y de los desafíos que descubrimos en las mismas cuando las contemplamos acompañados por Palabra de Dios y desde la perspectiva de nuestro carisma misionero, será la que nos introduzca en el discernimiento de las acciones que debemos llevar a cabo:
Nos vemos situados ante problemas que parece que superan nuestra capacidad. Nos sentimos muy pequeños ante la tarea que se nos pide. No nos debe preocupar. Proclamar el Reino desde la pequeñez y la debilidad fue la opción de Jesús. La fuerza de los pobres y excluidos, su sabiduría, es lo que podrá cambiar la historia. Cuando las ideologías, los sistemas políticos y económicos sepan escuchar su voz y no quieran simplemente suplantarles o, pero aún, manipularles, será posible el cambio. Los pobres y los "pobres de espíritu" -quienes se identifican con los pobres y los acompañan su lucha- son los únicos que puede hacer surgir la novedad del Reino, pues, como dijo Jesús: "de ellos es el Reino de los cielos" (cf. Mt 5, ). Nos sabemos parte de una gran movimiento mundial que busca crear un mundo más justo y fraterno, que pretende una relación más armónica con la Creación. Esto nos llena de esperanza.
El Señor invitó a sus discípulos a remar mar adentro. Al inicio del tercer milenio, Juan Pablo II repite esta llamada. La Familia Claretiana quiere asumirla.
Josep M. Abella, cmf.