Laura Alicia Garza Galindo

El Destino Manifiesto

El Destino Manifiesto es una filosofía estadunidense con la que se trata de justificar la manera en que ese país ha entendido su lugar en el mundo y la forma de relacionarse con otros pueblos. A lo largo de su historia, desde las 13 colonias hasta la actualidad, el Destino Manifiesto ha sustentado la convicción de que Dios eligió a ese pueblo para ser una potencia política y económica, una nación superior al resto del mundo. Y que la forma de demostrarlo es "extenderse por todo el continente que nos ha sido asignado por la -Divina- Providencia, para el desarrollo del gran experimento de libertad y autogobierno". El crecimiento, el expansionismo, el imperialismo, el colonialismo como destino.

El entrecomillado pertenece al periodista John L. O'Sullivan, quien en 1845 escribió un artículo en la revista Democratic Review de Nueva York, en el que explicaba las razones que justificaban la necesaria expansión territorial de Estados Unidos. Muy pronto, políticos y líderes de opinión aplaudieron el Destino Manifiesto, que fue pensamiento y visión del entonces presidente James Knox Polk (1795-1849), undécimo mandatario del país, quien duró en el cargo un solo periodo, del 2 de marzo de 1845 al 3 de marzo de 1849, año en que muere. Sobra recordar que es quien impulsa la guerra contra México (1846-48), conflicto bélico que anexó a Estados Unidos más de la mitad del territorio mexicano (fuente: Ortega y Medina, Juan Antonio: Destino Manifiesto. Sus razones históricas y su raíz teológica. México, CNCA/ Alianza Editorial Mexicana (serie Los Noventa, 1989).

Pero Polk -reseña Ortega- no inventó esta doctrina. No, en realidad ésta se sitúa en las más antiguas tradiciones estadunidenses con la llegada en 1620 de los puritanos europeos en el Mayflower; cabría recordar que de los que partieron, sólo los más fuertes resistieron el viaje, el hambre y las enfermedades; llegaron sólo los antecesores, los que redactaron y firmaron: "Nosotros, los abajo firmantes, pactamos y concertamos para elaborar y construir aquellas justas leyes, ordenanzas, actos, constituciones y cargos que en el curso del tiempo se consideren más adecuados y convenientes para el bien general de la colonia". Pacto que muchos consideran el primer texto constitucional americano y la semilla del gobierno democrático de Estados Unidos.

Pero nace también la semilla, y se propaga la convicción, de que la "misión" que Dios dio al pueblo estadunidense fue explorar y conquistar nuevas tierras, con el fin de llevar a todos los rincones la "luz" de la democracia, la libertad y la civilización. Esto, por supuesto, implicaba la creencia de que la república democrática era la forma de gobierno favorecida por Dios. Aunque originalmente esta doctrina se oponía al uso de la violencia, desde 1840 se usó para justificar el intervencionismo en la política de otros países, así como la expansión territorial mediante la guerra.

La historia estadunidense está plagada de ejemplos de intervencionismo, de expansión y de guerra. También de ideas buenas, como la noción del "sueño americano". Lástima, cuando se logra a costillas de los demás.

La expansión territorial y la concepción imperialista de Estados Unidos se asientan en el siglo xix. En 1803 el presidente Thomas Jefferson compra Luisiana y Florida a Francia en 15 millones de dólares. A lo largo de ese siglo, compran o pelean con otros países; no sólo en la propia América del Norte desplazan a sus pueblos indígenas, esclavizan o guerrean entre ellos, sino también salen a lugares lejanos y, con estrategias amigables o no, se apoderan lo mismo de Puerto Rico, que de Cuba, Panamá, Hawai, Alaska, Filipinas, Guam, Islas Vírgenes, entre otros ejemplos, a los que habrá de agregar Irak y también sus derrotas, como Vietnam, hoy conquistada con apoyos económicos cuantiosos, que al mismo tiempo que la desarrollan curan sus viejas culpas por una guerra infame de 10 años.

Lo esencial es que desde su origen como nación, la obsesión de Estados Unidos ha sido encontrar la perfección social mediante un triple compromiso: con la divinidad (cumpliendo con el destino impuesto por Dios), con la religión (observando una moral intachable) y con la comunidad (defendiendo su libertad, su seguridad y su propiedad). A lo largo de su historia, los políticos de esa nación han invocado el favor de Dios en sus discursos y han insistido en la "misión trascendente" que tienen la obligación de cumplir.

Seguramente el muy patriota presidente Vicente Fox ya está convencido de que es preferible evitar confrontaciones con Estados Unidos. ¿Para qué? Ya dependemos, "estamos atados", económicamente 90 por ciento a aquel país. Ya los hemos invadido silenciosamente con 23 o más millones de mexicanos. Ya les entregamos la energía eléctrica y el petróleo está a punto de entregarse. Casi nadie protesta. Salvo algunos nacionalistas trasnochados, como yo. ¿Qué? ¿Nadie se va a unir a mi descontento, hoy que parece que el destino nos ha alcanzado?

La Jornada, México. 31 de mayo de 2003