EL MÉTODO DE JPIC

 

DESCRIPCIÓN

Se suele centrar en tres verbos --VER – JUZGAR – ACTUAR--, es decir, tres momentos esenciales claramente diferenciados. Sin embargo, algunos pastoralistas suelen añadir otros momentos complementarios, que podrían integrarse en el siguiente proceso más completo, sin que necesariamente implique que todos tengan que estar siempre presentes:

    1. Experiencia de sensibilización
    2. Análisis de Realidad
    3. Reflexión sociológica
    4. Confrontación con nuestras fuentes espirituales
    5. Actuar
    6. Celebrar
    7. Evaluar
    8. Volver a VER

La secuencia de estas diversas fases del proceso se suceden en forma natural unas de otras. Sin embargo, el compromiso de trabajo por la JPIC puede comenzar por cualquiera de ellas. Algunos se sintieron movidos a actuar al entrar en contacto con personas sufrientes. Otros, al cobrar conciencia del momento actual y de la magnitud de sus problemas. Otros más, deduciendo este estilo de vida directamente de su fe o de la reflexión evangélica. Hay quien habiéndose involucrado en alguna actividad grupal, fue paulatinamente descubriendo todas sus implicaciones. Cualquiera que haya sido el inicio de nuestro camino, desde él tenemos que encontrarnos con los otros aspectos.

Hay que atender al principio de proporcionalidad en la atención de estos momentos. Se puede pecar por exceso o por defecto: unas veces el análisis resulta exorbitante con respecto al plan de acción; mientras que otras éste es demasiado reducido o simplemente se tomó acríticamente de alguna parte. A veces la reflexión es demasiado reducida, cayendo entonces en pragmatismos o por el contrario, resulta demasiado pesante, fuera de lugar y retrasa la acción.

 

ETAPAS DEL PROCESO

  1. Experiencia de sensibilización:
  2. Está comprobado que el compromiso de trabajar en JPIC se facilita si al menos en una etapa inicial ha habido contacto directo en ambientes de pobreza u opresión. Cuando nos hemos dejado tocar, cuando hemos sido capaces de meternos en la piel del oprimido, cuando nos hemos vinculado afectivamente con personas que sufren la injusticia, cuando hemos sido contemplativos y descubierto el rostro de Jesús en los pobres, cuando aprendimos a escucharlos, entonces comenzamos a entender la sabiduría de sus planteamientos, que sólo da la experiencia puede dar. Entonces podemos sentir la indignación ética y el coraje ante la impotencia. Entonces se despierta la interpelación a nuestra solidaridad y nos movemos a hacer algo. En este sentido, las experiencias de inserción resultan muy enriquecedoras. Quienes se desplazaron a los ambientes de marginación descubrieron la llamada "antropología de la pobreza", o sea el estilo de vida que desarrollan los pobres, muy semejante en cualquier lugar del mundo. Reconocer sus virtudes (solidaridad, acogida, intercambio, valoración desde lo que se es, etc); pero al mismo tiempo, evitando idealizarlos, sabiendo que una situación de carencias suele conducir a la degradación moral, al entre-devoramiento o aprovechamiento egoísta los unos de los otros, a la autodestrucción (alcoholismo), a la envidia y resentimiento de los que poseen, etc. No es su bondad natural sino su condición de injusticiados lo que nos mueve a ayudar a los empobrecidos.

  3. Análisis de la realidad:
  4. Desde luego, es posible pasar directamente del contacto con los pobres a una acción urgente de tratar de remediar esos dolores o carencias. Es el asistencialismo que ha tenido en la Iglesia momentos heroicos de Caridad. Sin embargo, si se reflexiona con mayor profundidad nuestras acciones podrán asumir otra calidad de mayor incidencia. Se trata, en primer lugar, de la generalización. La situación inhumana descubierta no es un hecho aislado acaecido azarosamente a las personas concretas con quienes nos relacionamos, sino que posee una extensión mucho mayor. Se conecta con otras experiencias similares; se indagan cifras y porcentajes. Se despierta la necesidad de estudiar ciertos temas, de conocer el funcionamiento de los diversos sistemas y políticas; de dar seguimiento a ciertos nombres de personalidades responsables. Esto lleva a buscar información y recoger datos de interés. Es desde un contexto social más amplio como se perfilan las tendencias que constituirán "signos de los tiempos" interpelantes a nuestra acción cristiana. Todo esto se plantea en un adecuado análisis de realidad, el cual podrá realizarse a nivel local, nacional, regional o mundial. Si realizamos el análisis junto con los afectados lo convertiremos en un importante instrumento pedagógico y evitaremos el paternalismo de luchar por otros, en vez de hacerlo con ellos. Es conveniente entonces partir de lo que la gente conoce y vive. Conviene centrarse en un sólo problema, eligiendo el más grave, el que tenga más capacidad de movilización, el más sentido por la gente, etc… y tratar entonces de profundizar en él.

  5. Reflexión sociológica:
  6. Un análisis de realidad no es un mero enlistado de problemas, sino que trata de comprender el mundo, desde una visión de conjunto más o menos estructurada. Por eso, junto a la extensión del problema tenemos que profundizarlo en intensidad: ¿Con qué otros problemas sociales se relaciona? ¿Cómo se estructuran todos los diversos factores sociales? ¿Cuáles son las contradicciones principales y cuáles las secundarias? ¿Cuáles son las causas que los producen? ¿Cómo se llegó históricamente a esta situación? ¿A quién beneficia y a quien perjudica dicha situación? ¿Porqué se dan estas carencias, cuando en la misma realidad otros disfrutan con abundancia? Esto nos remite a una visión de la sociedad y de la historia. Aunque pretendemos una mirada objetiva a la realidad, lo hacemos ya desde una perspectiva de fe: ver la vida con los ojos de Dios, es decir, desde la perspectiva de los pobres. Pero al mismo tiempo, la realidad es compleja y no se deja atrapar fácilmente, por lo que se requiere de una teoría social más general a cuya luz podamos comprenderla mejor.

  7. Confrontación con nuestras fuentes espirituales:

Es la realidad lo que motiva nuestro compromiso por la JPIC, cualquiera que sea nuestra cosmovisión, religión o ideología. Es simplemente por nuestra pertenencia a la especie humana, más aún, en cuanto habitantes del Planeta Tierra que nos sentimos interpelados para hacer algo, pues tenemos un destino común –"o todos nos hundimos, o todos nos salvamos"- y de cada uno de nosotros dependen los sufrimientos o las alegrías de amplios sectores de hombres y mujeres. No hacer nada significa perder parte de nuestra humanidad. Pero una vez interpelados, cada cual debe replegarse a lo que constituye su núcleo profundo de valores o fuente inspiradora, para encontrar en ello energía y fuerza para actuar. Entonces podremos, con mayor facilidad, encontrarnos con personas provenientes de otras tradiciones religiosas o no creyentes con quienes unirnos para trabajar por ideales semejantes de fraternidad, de justicia, de paz, de libertad y de armonía con el planeta. Las principales fuentes de espiritualidad para los cristianos son las siguientes:

  1. El magisterio bíblico.- La Palabra de Dios es nuestro punto principal de referencia. Ahora sabemos que si bien en la Biblia aparecen diversas tradiciones, los libros fundamentales fueron escritos desde el punto de vista de los pobres. Los profetas se sintieron movidos al escuchar el clamor de los pobres o al ver los signos de los tiempos. Escucharon entonces la voz del Señor que los convocaba y los enviaba a ser instrumentos de su amor misericordioso. Tal vez haya habido reacción defensiva; pero finalmente seducidos, ejercieron su misión de derribar y plantar; de denunciar las injusticias ante el rey, los sacerdotes o el pueblo, advirtiendo los peligros que implicaban tales acciones; pero al mismo tiempo, anunciando nuevas posibilidades en caso de rectificar el camino. Elegimos la perspectiva de Jesús. Su ejemplo nos resulta claro y sus discursos fundamentales no pueden ya más desfigurarse. Hay que advertir que pueden realizarse lecturas ideologizadas de la Biblia, es decir, justificadoras del statu quo que alejan de un trabajo en favor de los pobres. Nuestra perspectiva convierte la opresión en categoría teológica, a la vez que sociologiza algunas categorías teológicas, como salvación
  2. El magisterio social de la Iglesia.- Si bien es verdad que a veces fue convertida en doctrina y parecía proponer una "tercera vía" entre el proyecto hegemónico y el proyecto alternativo, hoy se han superado los recelos. El pensamiento social de los cristianos (no sólo de la jerarquía) tiene una palabra ética derivada de la fe ante los problemas sociales o ante las ideologías que tratan de justificar la situación imperante. Sus principios mantienen actualidad hoy en día, cuando se viola la condición humana y la justicia en nombre del mercado y la ganancia.
  3. El magisterio congregacional.- A partir de la "Perfectae Caritatis" del Concilio Vaticano II, las diversas Congregaciones religiosas hemos realizado una profunda revisión de nuestro Carisma fundacional. El origen de varias Congregaciones obedeció al interés de atendeer alguna necesidad social; pero luego, por esa tendencia inevitable a la rutinización del Carisma se fue debilitando. El compromiso por la JPIC ofrece posibilidades de recuperación, desde la nueva perspectiva. La reflexión realizada ene estos años suele ofrecer elementos muy ricos que motivan y apoyan nuestras luchas. Para nosotros, claretianos, este trabajo forma parte inseparable del contenido mismo de nuestra evangelización, y en cuanto oyentes y servidores de la Palabra no podemos quedar al margen de este movimiento espiritual.
  4. El magisterio laico.- En la confrontación con nuestras fuentes de inspiración no podemos ignorar aquellos instrumentos de Derecho Internacional que gozan ya del reconocimiento oficial y de la aceptación de la mayoría de los países. Su elaboración suele haberse realizado en amplia consulta a diversas religiones, filosofías y organizaciones. Por lo tanto, gozan para nosotros de suficiente crédito inspirador.
  1. Actuar:
  2. La intensidad de una reflexión de fe no puede menos que llevarnos a la acción. Nos decidimos a caminar en solidaridad con los excluidos, dispuestos a correr su misma suerte, a fin de cambiar el mundo. No será ya una acción compulsiva ni improvisada, sino reflexiva. Tenemos que capacitarnos: estudiar el Derecho Internacional, las técnicas de defensa y promoción de los Derechos Humanos ("advocacía"), ensayar el "cabildeo" (lobby), recoger experiencias del trabajo político, etc. Habrá que tomar en cuenta criterios de prudencia para no implicarnos –nosotros y los demás compañeros- en problemas innecesarios (aunque dispuestos a enfrentarlos, si fuese necesario). Partiendo de los niveles locales, se tratará de ir incidiendo en los niveles más elevados posibles a fin de que la acción sea realmente transformadora. Tenemos que estar abiertos para trabajar con otros; aunque no sean cristianos. Sin embargo, hay que evitar ingenuidades para no dejarse instrumentalizar. Echar a andar un proceso es un trabajo lento y difícil; pero cuando llega el momento más espectacular de la movilización nunca faltan oportunistas ajenos que se infiltran para llevarlo a sus intereses.

  3. Celebrar:
  4. Con frecuencia los activistas van cargándose de amargura y resentimientos. Insistir demasiado en la denuncia puede llevar el riesgo de hacernos perder la esperanza, y entonces resulta más fácil la injusticia y la dominación. Si todo el proceso debe estar acompañado de oración, en esa fase dominará la Acción de Gracias. El aspecto festivo, celebrativo y hasta lúdico forma parte de nuestra sicología y debe tener canales de expresión. Al ver la realidad con los ojos de Dios, no podemos menos de reconocer también los signos de la presencia del Espíritu en la historia, en este mundo en el que el Mal parece poseer excesiva fuerza. Lo que sucede es que el Mal hace mucho ruido, pero es estéril; el bien, en cambio, es discreto pero eficaz. Por eso resulta de gran importancia celebrar las pequeñas victorias que van teniendo los pobres y oprimidos, lo que alienta la esperanza y hace crecer la conciencia del poder que tiene el pueblo cuando está decidido a resistir.

  5. Evaluar:

Toda actuación eficaz requiere de evaluaciones. Un proverbio chino dice que "el fracaso es madre del éxito", pues nos permite aprender y corregir nuestra forma de trabajo. La evaluación nos permite mirar el recorrido y constatar la unidad del proceso y nos descubre nuevos rumbos.

  1. Volver a VER:

Evaluar es ver de nuevo, nuestra propia actuación. Esto se abre un nuevo ciclo (VER – JUZGAR – ACTUAR) en forma de espiral. Puede observarse que este segundo VER ha adquirido un surplus de calidad, un plusvalor que debe haber mejorado nuestra visión. Es lo que nos hace crecer.