Decálogo para una espiritualidad de no-violencia


  1. Aprender a reconocer y respetar "lo sagrado" ("lo de Dios", como dicen los cuáqueros) en cada persona, incluyéndonos a nosotros mismos, y en cada parte de la Creación. Los actos de la persona no-violenta ayudan a liberar lo Divino en el oponente, desde la obscuridad o cautiverio.
  2. Aceptarse a sí mismo profundamente, "a quien soy" con todos mis dones y riqueza, con todas mis limitaciones, mis errores, fallas o debilidades, y darme cuenta de que soy aceptado por Dios. Vivir en la verdad de nosotros mismos, sin excesivo orgullo, con menos delirio de grandeza y falsas expectativas.
  3. Reconocer que aquello por lo que siento resentimiento, y quizás hasta lo detesto, en otro, viene de mi dificultad de admitir que esta misma realidad vive también en mí. Reconocer y comenzar a renunciar a mi propia violencia, la cual se hace evidente cuando yo reexamino mis palabras, gestos, reacciones.
  4. Renunciar al dualismo, a la idea del "nosotros/ellos" (maniqueísmo). Esto nos divide en "gente buena/gente mala" y nos permite satanizar al adversario. Es la raíz de una conducta autoritaria y exclusiva. Genera racismo y posibilita los conflictos y las guerras.
  5. Enfrentar el miedo y abordarlo con amor, no principalmente con valor.
  6. Comprender y aceptar que la "Nueva Creación", la construcción de la "Amada Comunidad", es también llevada adelante con nosotros. Nunca es un "acto solitario". Esto requiere de paciencia y de la capacidad de personar.
  7. Vernos a nosotros mismos como parte de toda la creación con la cual promovemos una relación de amor, no de dominio, recordando que la destrucción de nuestro planeta es un problema profundamente espiritual, no simplemente uno científico o tecnológico. Nosotros somos uno solo.
  8. Estar dispuestos a sufrir, tal vez hasta con alegría, si creemos que ayudaremos a liberar lo Divino en nosotros. Esto incluye la aceptación de nuestro lugar y momento en la historia con sus traumas, con sus ambigüedades.
  9. Ser capaces de celebrar, de gozar, cuando la presencia de Dios ha sido aceptada; y cuando no lo ha sido, ayudar a descubrir y reconocer este hecho.
  10. Tomarse el tiempo, ser pacientes, plantar semillas del amor y del perdón en nuestros corazones y a nuestro alrededor. Poco a poco creceremos en el amor, en la compasión y en la capacidad de perdonar.

Rosemary Lunch OSF, Louis Vitale OFM, Alain Richard OFM,

Ken Katigan, Centro Pace e Bene, Las Vegas, Nevada.

Revisado en agosto de 1995